

Vida Sana
Liu Ming, médico taoísta y maestro de taichí: “Este cuerpo es el mayor tesoro que tenemos”
El reconocido maestro chino destaca la importancia de la alimentación, el equilibrio y la armonía con los ciclos naturales para prevenir enfermedades y promover la salud integral del cuerpo.



¿Cuándo fue la última vez que escuchaste tu corazón? No el latido que muestra un reloj inteligente, sino ese sonido de fondo que el celular, la televisión y el apuro suelen tapar. Para Liu Ming, maestro de taichí y de medicina tradicional china, ahí empieza todo: en volver a escuchar al cuerpo.
Reconocido en China y en Latinoamérica como una eminencia de la medicina tradicional y las artes marciales, Ming está radicado en la Argentina desde 2002, cuando llegó como turista y sintió que aquí tenía una misión por cumplir.
Atendió durante años al Sumo Pontífice Francisco cuando este era arzobispo de la Ciudad de Buenos Aires. Hoy es un miembro destacado de la cultura china en el país y en su consultorio de Belgrano llega a atender a más de 30.000 personas a las que busca inculcarles la “práctica del cultivo interno”.
Sabio, didáctico y de principios firmes, algunas de las conclusiones a las que Ming ha llegado desde su desembarco en el país son: que las personas se enferman porque no conocen la naturaleza de los alimentos que ingieren, que no se acostumbra a respetar los ciclos de las cuatro estaciones del año y que se desconoce la importancia de la filosofía del yin y el yang.
En vísperas de su participación en el Bienestar Fest, el sábado 24 de octubre a las 14 hs, el director del consultorio de medicina tradicional Tao y de una escuela de artes marciales que lleva su nombre, dialogó con LA NACION sobre el lenguaje, la enfermedad, el taichí y cómo comer y descansar mejor.
—¿Por qué decís que para entender la salud hay que empezar por las palabras?
—Es muy simple: el lenguaje es tu mundo. Tu mundo llega hasta donde llega tu lenguaje. Si hablás de “enfermo” y no sabés qué es enfermo, de “paciente” y no sabés qué es paciente, de “medicina” y no sabés qué es la medicina, tu vida se corta ahí. Es una idea que viene de Ludwig Wittgenstein y que hace 2.500 años en China ya estaba instalada con Lao-Tse −considerado uno de los filósofos más relevantes de la civilización china− que decía “el nombre que se puede nombrar no es el nombre eterno”, es decir, que las palabras y los conceptos humanos no pueden capturar la realidad absoluta, profunda y cambiante del universo.
—¿Qué esconden algunas de las palabras relacionadas con el mundo de la salud que recién mencionaste?
—Ustedes usan un idioma que no entienden. Yo soy extranjero y admiro muchísimo la cultura que tienen, pero me cuesta ver que no saben el verdadero significado de las palabras. Por ejemplo, no saben que medicina viene de meditar, que corazón evoca el movimiento coordinado de las razones (co-razón), que la salud es la unión de la sal (por el agua) y la luz (el sol), ni que un paciente es una persona llena de paz y ciencia, alguien con sabiduría en acción; y, justamente, un impaciente es alguien con confusión en acción. Por eso considero que la medicina moderna tendría que empezar a hablar de impacientes en vez de pacientes.
—Llegaste al país hace más de 20 años, ¿cómo era tu vida antes?
—Practiqué artes marciales desde chico; fui campeón mundial de Taijiquan en Mano Libre y Espada, hasta que entendí que esa práctica era solo física y por dentro estaba hueca. Luego estudié seis años para ser monje taoísta; yo era una esponja que absorbía toda esa cultura y necesitaba un lugar para digerirla.
—¿Por qué Argentina?
—Vine primero como turista y me di cuenta de que tenía una misión para cumplir acá. Esta tierra me inspira, me da silencio y un mejor manejo del tiempo. Llegué en 2002 y nunca más me fui.
—Hablás del cuerpo humano como una obra de Dios.
—Este cuerpo es el mayor tesoro que tenemos. Es lo material que dejó Dios para que lo estudiemos. Lo que en Occidente llaman Dios, en China se llama Tao y es el camino o la vía que rige el orden natural del universo. Entonces, pensar que venimos de los simios es reducirnos porque Dios está en la naturaleza. Mi objetivo todos los días es ayudar a la gente a acomodar esa visión sobre el cuerpo humano.
—¿Y cómo cuidamos el cuerpo para que no enferme?
—El equilibrio es la base. Tu cuerpo es una fábrica que está generando energía constantemente. Para lograr eso, la comida entra y primero tiene que fermentar; si no fermenta, todo ahí dentro se vuelve tóxico. Por eso se dice “enfermo”: el cuerpo está en-fermentando y quien se enferma es quien no escucha y no entiende sobre sí mismo.
—¿Qué lugar tienen los medicamentos en tu mirada sobre la salud?
—Si el cuerpo es una gran obra de Dios nos tendríamos que preguntar: “¿Dios toma pastillas?“. Para mí, son una forma de esclavitud y es una realidad que en la Argentina las toman todos. Cuando atendí al Santo Padre (para ese entonces Jorge Bergoglio) él tomaba un cajón de pastillas y tenían que operarle de urgencia el corazón. Yo le toqué la mano y le dije que cerrara ese cajón con medicación, que yo iba a ayudarlo a curarse. Si no podía solucionarlo, volvería a las pastillas, pero por suerte ese día cerró el cajón y nunca más volvió a abrirlo.
—¿Hasta qué punto una buena alimentación puede ayudar a prevenir problemas que después se intentan resolver con pastillas?
—Como ya mencioné, la comida fermenta en el cuerpo, le da energía y lo ayuda a que elimine lo tóxico. Mi abuelo me enseñó desde chico: por la mañana hay que comer como un rey; al mediodía, como un príncipe; y a la noche, como un mendigo. En Occidente no tienen nada de cultura sobre esto. Hay que entender la vida como un día en su totalidad: ¿qué es el mediodía? Es el punto medio, el momento del día que nos da equilibrio. ¿Qué es la tarde? Algo que está terminando. Y la noche nos indica por el comienzo de la palabra que hay una negación.
—¿Entonces por qué tanta gente dice comer sano o estar más atento a lo que come e igualmente se enferma?
—Todos creen que comen sano, pero están muy equivocados. De los 30.000 pacientes que tengo, más del 80% come mal: no saben comer de acuerdo a las estaciones del año. Por ejemplo, comen tomate en plena primavera sin saber que hacerlo ahora es tóxico para el cuerpo y que el momento para sacar provecho de sus beneficios es el verano. No alcanza con mirar cuánta proteína o vitamina tiene un alimento: hay que mirar el tiempo.
—Siguiendo ese pensamiento, ¿qué cosas acostumbramos comer los argentinos que hacen mal por las estaciones?
—Primero, la mayoría no consume comida hecha acá. Si hay algo muy rico que viene de Estados Unidos o de otro país lejano, es tóxico para el cuerpo porque está hecho en otra tierra y con otra energía y organización. Esto lo digo sin tener en cuenta además los conservantes y los químicos que se agregan para que los alimentos sean duraderos y terminan siendo dañinos para la salud.
—¿Recordás algún caso que te haya hecho reafirmar tu confianza en la capacidad de recuperación del cuerpo?
—Hace años atendí a una señora a la que le habían diagnosticado cáncer de sangre; en paralelo con el tratamiento que hacía con sus médicos yo le hice acupuntura. Durante un mes venía y seguíamos el mismo procedimiento: al poco tiempo le dijeron que el cáncer había desaparecido. Esa fue una gran reconfirmación de cómo dentro del cuerpo hay una gran medicina.
—También hablás de empezar a escuchar al corazón, ¿eso para qué nos sirve?
—El corazón es la máquina por la que fluye toda la sangre del cuerpo. Con todo el ruido superficial que nos rodea se volvió casi imposible escuchar su verdadero sonido. Por eso hay personas que no saben ni dónde están paradas, porque no pueden ni saben escuchar a su corazón. Cuando lo puedan hacer encontrarán la verdad.

Atendió a Francisco años antes de llegar al papado, cuando todavía era arzobispo de la Ciudad de Buenos Aires


